—la luz de Oriente en la noche de Occidente—
Durante casi 800 años, gran parte de la Península Ibérica fue escenario de un intercambio cultural y religioso sin precedentes. Hoy se puede afirmar que sin los árabes —que lograron intercambiar tradiciones, oficios y conocimiento con cristianos y judíos— mucho de lo que se conoce de las ciencias del mundo antiguo no existiría.
por Carlos Bautista Rojas
En el verano del año 710, una pequeña tropa bereber[1] desembarcó en la costa oeste de Gibraltar. Un año después, Târiq ibn Ziyâd —lugarteniente del gobernador de Túnez— aprovechó los conflictos internos del reino visigodo de Toledo y se alió con los opositores del rey Rodrigo para derrocarlo. El rey murió en la batalla de Guadalete mientras que sus soldados fueron derrotados por 7 000 guerreros árabes. A partir de entonces, los ejércitos musulmanes no encontraron dificultades para conquistar gran parte de lo que ahora es España y otro tanto de Portugal. Este territorio, donde confluyeron las culturas cristiana, musulmana y judía, fue llamado al-Ándalus.[2]
Tierra de sorteo
El origen de este nombre era, hasta hace poco, un misterio, pero ya se comprobó que proviene de una arabización del nombre visigodo de la antigua provincia romana Bética, al sur de la península. Los visigodos dominaron esta región desde el 468 hasta el 711 y, al igual que sus antecesores germánicos, se repartieron las tierras conquistadas mediante sorteos. Las regiones que lograban ganar se llamaban —en latín— Sortes Gothica, y al reino godo, en su conjunto, se le denominó Gothica sors. La palabra goda para «tierra de sorteo» era Landahlauts, nombre que los árabes adaptaron con el artículo al-.[3]
Del año 632 al 1258, el Islam logró extenderse desde la costa atlántica africana y la Península Ibérica en Occidente, hasta el río Indo en Oriente. El Corán, revelado por Mahoma, constituyó la base para elegir a una figura de autoridad divina: el califa, que encarnaba el mando religioso y político durante la expansión y el florecimiento de la civilización musulmana.
Al principio, al-Ándalus dependía del califato de Oriente, pero, al carecer de fronteras con otro Estado islámico y por diversos problemas internos, la península quedó fuera de la administración centralizada. En 750, los omeyas —a cargo del califato— fueron asesinados por los abasíes. Sólo un heredero, Abd al-Rahmân, pudo escapar a la masacre y se refugió en África del Norte. Cuatro años más tarde, decidió probar suerte en España y, gracias a que ahí encontró a muchos seguidores de los omeyas, en mayo de 756 fue proclamado Abderramán I, primer emir de Córdoba, ciudad que al poco tiempo se convirtió en la capital de al-Ándalus, que para entonces ya era un emirato independiente.
Todo comenzó con un sueño
Muchos expertos coinciden en que la mayor aportación del mundo árabe a las ciencias —incluso por encima de sus descubrimientos en matemáticas, astronomía y medicina— fue la recuperación del saber de la antigua Grecia y de la India. De acuerdo con una anécdota documentada por el bibliófilo Ibn al-Nadim, el apoyo árabe al conocimiento surgió de un sueño que tuvo el califa ‘abbasi al-Ma’mun (813-833), en el que hablaba con Aristóteles sobre el bien, la razón, la ley y el oro. A partir de esa experiencia, el califa ordenó que todos los textos antiguos —en especial los relacionados con las ciencias y la alquimia— fueran traducidos al árabe.
Más allá de esta anécdota, en el plano histórico debemos decir que, en el siglo VIII, los califas abasíes se vieron en la necesidad de recurrir a todo tipo de conocimientos para resolver los enormes problemas de infraestructura que implicaba administrar un territorio —y sus rutas comerciales— que iba desde China hasta Marruecos. Por ello, cuando el emperador de Bizancio debía pagar una indemnización de guerra al califa al-Ma’mun, éste le exigió a cambio todos los manuscritos sobre las ciencias de la Antigüedad.
El emperador ordenó la búsqueda de estos textos, y un monje que vivía en un convento alejado de Constantinopla le indicó el lugar en el que se habían refundido aquellas obras cuando se proclamó al cristianismo como la religión única. El emperador pensó que sería un pecado entregar esos manuscritos al califa, pero el monje lo convenció de que hacía justo lo contrario, porque esas ciencias antiguas destruirían —tarde o temprano— los fundamentos religiosos de los musulmanes.
España cristiana: refugio de sabios
Si durante el siglo IX en Oriente se tradujo todo texto griego al árabe, en al-Ándalus —de los siglos XII al XIII—, no sólo se trasladaron esos mismos textos del árabe al latín —incluso a lenguas romances—: también se complementaron con las aportaciones del mundo árabe en medicina, botánica, alquimia y astronomía.
En 1002, a la muerte de Almanzor y luego de perder la batalla de Calatañazor, el califato de Córdoba comenzó a desintegrarse paulatinamente en un grupo de 27 pequeños reinos llamados taifas —que significa banderías—. La poca cohesión de éstos facilitó las sucesivas invasiones del norte de África de almorávides, almohades y benimerines, entre los siglos XI y XIV.
Toledo: escuela de traductores
En 1085 Alfonso vi tomó Toledo y la declaró capital de Castilla. Al poco tiempo, un monje cisterciense[4] de origen francés, Raimundo de Sauvetât, fue nombrado arzobispo de Toledo, y desde sus primeros días realizó una labor de mecenazgo que propició la presencia de especialistas que trabajaron en las traducciones del árabe al latín. Toledo se convirtió en el refugio de mozárabes, judíos e incluso de musulmanes que huyeron del integrismo religioso; esta convivencia pacífica de las tres religiones, algo inusitado para la época, convirtió a la zona en un espacio de tolerancia y riqueza cultural.
La variedad de nacionalidades de los estudiosos que llegaron a Toledo durante esa época permitió que las obras de Aristóteles, Arquímedes, Ptolomeo, Euclides y Apolonio, por citar algunos, se preservaran y fueran difundidas al resto de Europa. Durante esta primera etapa de traducción, 47% de las obras estaban relacionadas con las ciencias exactas[5] —matemáticas, astronomía y astrología—, 21% con filosofía, 20% eran tratados de medicina y 4%, libros de ciencias ocultas.
Al frente de estos sabios y traductores, se encontraban Domingo de Gundisalvo y Juan Hispano, quienes colaboraron juntos en las obras de autores como al-Kindi, al-Farabi y Avicena. Otros personajes notables fueron: Gerardo de Cremona —que trabajó en el Almagesto de Ptolomeo— y Marcos de Toledo, que tradujo El Corán al latín por encargo de Pedro «el Venerable».
Alfonso X «el Sabio» comenzó su reinado en 1252 y eligió a la ciudad de Toledo como el centro de sus actividades culturales. Se hizo rodear de hombres de ciencias y eruditos en todas las artes, y con ellos prosiguió la difusión del conocimiento por medio de la llamada Escuela Alfonsí de traductores.
Alfonso X soñaba con una vasta enciclopedia hispana que reuniera todo el saber humano. En 1259 se empezaron a rehacer o revisar las traducciones para verificar su fidelidad y esto originó la producción de obras originales.
Las ciencias árabes
Al-Ándalus, además de divulgar las obras de los sabios orientales, también legó a la ciencia occidental aportaciones inéditas que, más tarde, fueron adoptadas por las universidades alemanas, italianas y francesas. En medicina, sobresale la labor de Ibn Zhur, pionero de la patología interna, la dietética y la ortopedia; Averroes fue defensor de la medicina preventiva y prosiguió la obra de Galeno; Maimónides fue experto en tratar enfermedades como las hemorroides, el asma y las infecciones vaginales; al-Safra escribió acerca de los tumores y el cáncer; Ibn al-Jatib sentó las bases de la higiene privada y pública; en cirugía, al-Zahrawi practicó la cauterización y fabricó instrumental quirúrgico; Arib ibn Sa’id mejoró tratamientos para el embarazo, la obstetricia y estudió las evoluciones del feto; al-Gafiqui practicaba la extracción del cristalino y creó un método para curar las cataratas. También se elaboraron múltiples medicamentos al tiempo que detallaron las propiedades curativas de las plantas.
Por supuesto, no podían dejarse de mencionar las matemáticas. En la escuela de Maslama «el Madrileño» se dieron a conocer los descubrimientos que hizo al-Juwarizmi sobre la numeración de la India, como el uso del número cero, los decimales, el álgebra, los logaritmos, la raíz cuadrada, la trigonometría… y todo cuanto estableció la numeración arábiga en todo el mundo. Y en astronomía, fueron expertos en el uso y la fabricación de astrolabios.
Al final, la reconquista cristiana redujo de forma progresiva las dimensiones de al-Ándalus al reino nazarí de Granada, último reducto musulmán, hasta que los reyes católicos ocuparon toda la península en 1492. Sólo basta agregar que la población andaluza contribuyó de forma significativa en la colonización de América.
Carlos Bautista Rojas, si algo desea conocer de Europa, es Andalucía. Y no por la influencia árabe, sino porque ahí vive su amiga Silvia María Álvarez, a quien dedica este artículo y con quien tiene pendiente algo más que un largo paseo por la Alhambra y otros palacios que dan testimonio del esplendor que tuvo al-Ándalus.
[1] Originario de Berbería, zona del África septentrional que abarca desde los desiertos de Egipto hasta el Océano Atlántico y desde las costas del Mediterráneo hasta el interior del desierto del Sahara.
[2] Se tomó el criterio de escribir los nombres de personas y lugares como se registran en enciclopedias y demás fuentes impresas para que, si así lo desea el lector, pueda encontrar con facilidad mayor información al respecto.
[3] Esta tesis, apoyada en investigaciones recientes, rebate la teoría de que el toponímico Andalucía deriva de la palabra vándalo, pueblo bárbaro que asoló la región en el siglo V.
[4] Perteneciente o relativo a la Orden del Císter, fundada por San Roberto en el siglo XI. v. Algarabía 45, mayo 2008, Ideas: «El hábito no hace al monje: monacato y vida religiosa I»; pp. 62-67.
[5] Porcentaje establecido por el historiador científico G. Sarton. Página de Historia Bayad y de Riayad, siglo XIII.
















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