#71, Chicos malos

El lado oscuro de la eternidad: el Infierno

0 Comments 01 August 2010

Cancel my subscription to the Resurrection
Send my credentials to the House of Detention
I got some friends inside
[…][1]

Jim Morrison

Esa «correccional» a la que alude el Rey Lagarto no es otra que la Mansión de los Fuegos Eternos, donde los infractores a los mandatos divinos iremos a parar —soy realista y me incluyo— para recibir el castigo por nuestra desobediencia, padeciendo entre la oscuridad, el fuego, los suplicios y otras linduras. Deshagamos los pasos de Dante y, tras haber visitado el Paraíso,[2] enfúndese en un traje de asbesto para acompañarnos a las profundidades del Infierno.

por Igor Übelgott

La necesidad de justicia es, enfrentémoslo, uno de los motores de la mente y la emotividad humanas. ¿Quién no ha oído decir «Pero hay un Dios…», «Todo en la vida se paga» o, más vulgarmente, «El que obra mal, se le pudre el animal»? Y si uno cree en este tipo de justicia superior y ultraterrena, y en un Paraíso que ha de albergar a las almas justas, en el que todo será luz y amor, no habrá dolor ni muerte, y se vivirá en el eterno abrazo del Creador, ¿cómo no creer que a los otros, «los malos», les espere un destino más punitivo y ejemplar como sanción a los actos que cometieron en vida?

Aunque otras religiones también consideran espacios equivalentes al Infierno, ninguna religión le ha conferido al Averno un papel tan importante y protagónico como el cristianismo. Pocos sitios han nutrido tan frecuentemente la mitología, la psicología, y otros ámbitos como la pintura y la literatura: «el paisaje del Infierno es la obra más grande en la historia de la imaginería, y varios titanes de la creación han sido sus principales arquitectos: Homero, Virgilio, Platón, San Agustín, Dante, El Bosco, Miguel Ángel, Milton, Goethe y Blake».[3]

Where do bad folks go when they die?
They don’t go to heaven where the angels fly
They go down to the lake of fire and fry […].[4]

Nirvana

En el Hades morarán

Para entender la configuración del Infierno cristiano, debemos tantear sus raíces en las culturas antiguas del Medio Oriente —sumerios, babilonios, acadios, asirios, egipcios y, desde luego, hebreos—, así como en la mitología grecolatina. La misma palabra infierno proviene del latín infernus, ‘lo que pertenece a las regiones inferiores’, y éste de inferus, ‘lo de abajo’. Esto obedece a la concepción clásica y prácticamente universal del Universo dividido en tres porciones: en la parte superior, el Cielo, el lado luminoso del que se habló en el número pasado; en la parte media, la Tierra, nuestro valle de lágrimas y de risas, y por debajo de ésta, el oscuro inframundo. Éste ha sido concebido de dos maneras: un sitio donde moran los muertos y que podía ser un sitio de tránsito indefinido —el Arallu babilonio, llamado Sheol en hebreo y Hades, para los griegos —,[5] o un espacio para el castigo de los malvados tras un juicio de «jurisdicción divina», que se le llamó Gehenna en hebreo, Tártaro entre los griegos o Infierno entre los cristianos. Algunos héroes y dioses en determinado momento podían aventurarse en un «descenso a los Infiernos», y es gracias a estas incursiones que «sabemos» de varios elementos comunes a los distintos inframundos: una barrera montañosa, un río, una barca y un barquero que permiten atravesar éste, un puente, puertas y sus guardianes.

Fue al filo del siglo V a.C. cuando los griegos empezaron a creer que en su Hades existía una parte destinada al castigo para las almas injustas, llamado Tártaro, donde éstas eran sometidas a penas insufribles. Por su parte, el Antiguo Testamento judío afirma, en el Libro de Job, que los muertos descendían al reino de las sombras, al Sheol, «de donde no volvían más», carentes de todo consuelo y de contacto con su Dios, y según Isaías y Ezequiel, los suicidas, los no circuncisos y algunos otros infortunados se encontraban en la parte más profunda del Sheol. En los estratos tardíos del Antiguo Testamento, la religión judía, influida por las religiones indoiranias y la tradición griega, cambia su postura ante la vida después de la muerte y, sosteniéndose en la creencia de la justicia de Dios, que no puede dejar sin castigo las malas acciones y sin retribución las buenas, perfila la noción de poder liberarse de las cadenas del Sheol y, por ende, de que los malvados recibirían, al fin, la pena debida.[6]

Hey Satan, payed my dues / Playing in a rocking band

Hey Momma, look at me / I’m on my way to the promised

land / I’m on the highway to hell […].[7]

AC/DC

¿Y cómo se está ahí?

Los primeros escritos cristianos no arrojan mucha luz respecto al habitáculo infernal, y conservan la noción del inframundo como un Hades no permanente en el que las almas esperan más o menos «tranquilamente» el momento de la resurrección para ser juzgadas. Los Evangelios de Mateo y Lucas mencionan que el Infierno es un lugar de fuego perdurable, llanto, torturas y «un eterno crujir de dientes», que corresponde punto por punto a las descripciones del Tártaro griego y las leídas en el Libro I de Enoc del Antiguo Testamento. Otros textos cristianos apócrifos, como el Apocalipsis de Pedro y la Visión de Pablo abundan en descripciones de las penas de los condenados.

En el siglo iii, el padre de la Iglesia y teólogo Orígenes abogó por una «misericordia suprema de Dios», cuyo precepto hacía imposible la doctrina de un Infierno eterno. Sin embargo, San Agustín, en su obra Ciudad de Dios insistió en que la maldad del ser humano exigía la existencia del Infierno «como reparación infinita del pecado, que es una ofensa infinita contra la bondad divina». El emperador Justiniano y el papa Gregorio Magno apoyaron esta tesis, y las ideas del fuego y el suplicio eternos fueron propagadas como un incendio voraz por los teólogos de la Edad Media.[8]

Un motivo recurrente en la literatura medieval fueron las «visiones» o supuestas crónicas de descensos al Averno. Una de las más famosas fue la Visión de Tundalus, escrita en 1149 por un monje irlandés, de la cual existe una versión ilustrada por Simón de Marmion en la que se aprecian detalladamente los suplicios infernales.

Por otro lado, a pesar de lo mucho que se dice y de la adopción de la palabra dantesco para describir un panorama de naturaleza infernal, no fue el genio florentino quien puso en nuestro inconsciente las llamas del Infierno. Si bien ha permanecido su idea de los nueve círculos concéntricos en los cuales los condenados son procesados y hospedados según su pecado capital —en el noveno círculo, de los traidores, Judas Iscariote era devorado por Satán—, en la Divina Comedia no se menciona el fuego, sino que describe un lugar helado y árido.[9]

But don’t they know, there can be no show,

And if there’s hell below we’re all gonna go […].[10]

Curtis Mayfield

El arte del Averno

Pero más que las diversas posturas y minucias de orden teológico, y su difusión desde los púlpitos, quizá han sido la pintura y la gráfica las que se han encargado de cincelar en nuestras mentes las instantáneas del Averno. Desde las ilustraciones medievales —como las del mencionado De Marmion, o de Duke de Berry—, pasando por las obras de Giotto, Jan van Eyck, Hans Memling y Dieric Bouts, hasta el buen Hieronymus Bosch[11] —o El Bosco—, cuyos paneles con escenas repletas de monstruos y símbolos, tinieblas iluminadas aquí y allá por llamaradas inextinguibles, y las almas de los condenados afligidos, pero resignados a su destino. Es corto el espacio para mencionar las escenas desesperadas de Bruegel «el Viejo», así como, en el terreno escrito, la concepción infernal de los humanistas del Renacimiento o la de Milton.

En este nuevo milenio, la posición de la Iglesia católica es clara: «el Infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno».[12] Pero, antes de cuestionar la existencia de este sitio, cabría preguntarse: ¿en verdad se habla poco de él?

¿No es acaso una referencia clara y recurrente? ¿No manda uno a alguien al Infierno o vive uno varias veces en la vida? ¿No existe toda una subcultura subversiva, metalera y hasta satanista que lo invoca constantemente?

¿No existen novelas, películas y hasta bandas de motociclistas llamadas Hellraiser, From Hell o Hell Angels? Hay quienes se comportan sólo por el «Infierno tan temido», otros que viven en un Infierno, y otras que deciden caer en el mismo Infierno, pero con otro Diablo. Había —¿o hay?— un centro nocturno en la capital con ese nombre, y hay —¿o había?— una famosa cantina en Guanajuato que es su tocaya y cuyas paredes ostentan escenas dantescas. Pero no gastemos nuestra pólvora en infiernitos: la última pregunta que hay que hacerse es si uno cree en su existencia o no. Y ahí sí, cada quien elige su propio Infierno.

Igor Übelgott, clavicordista y estudioso informal de lo sobrenatural y de la maldad humana, no cree en el Infierno como ese lugar lleno de llamas que espera a las almas impías; en cambio, piensa que éste y el Cielo son reinos interiores, y coincide con Borges cuando dice que la gloria y el castigo eternos son desproporcionados para los actos de los hombres.


[1] «Cancelen mi suscripción a la Resurrección, manden mis credenciales a la Correccional; tengo unos amigos ahí adentro […].».

[2] v. Algarabía 70, julio 2010, Semblanzas: «El lado luminoso de la eternidad: el Cielo»; pp. 102-107.

[3] Alice K. Turner, The History of Hell, Nueva York: Harcourt, 1993.

[4] «¿A dónde van los malos cuando mueren? No van al Cielo, donde vuelan los ángeles: van abajo, al lago de fuego y se fríen […].»

[5] Recordemos la historia de Orfeo, quien desciende al Hades a rescatar a su amada Eurídice.

[6] Parte de esta información histórica fue obtenida de Antonio Piñero, «El retorno del Infierno», La aventura de la historia, núm. 116, Madrid: Arlanza Ediciones, 2008.

[7] «Oye, Satán: ya pagué mis deudas / tocando en un grupo de rock. Oye, mamá: mírame, / voy camino a la tierra prometida, / voy en la carretera al Infierno […].»

[8] Del Purgatorio, promulgado en la doctrina católica en el año 1253, hablaremos en Algarabía… antes del Juicio Final.

[9] v. Algarabía 38, septiembre 2007, Literatura: «Una comedia divina»; pp. 56-60.

[10] «Pero ellos no saben, que no puede haber show, y si hay un Infierno allá abajo, todos vamos a ir […].»

[11] v. Algarabía 33, abril 2007, Arte: «El Bosco: ¿devoción o locura?»; pp. 14-19.

[12] Declaración de Benedicto XVI el 13 de marzo de 2007.



Share

Share your view

Post a comment

You must be logged in to post a comment.

suscribete


Las mil y una respuestas

¿Cita a ciegas o cibersexo?

Ver Resultados

Loading ... Loading ...

© 2012 Algarabía. - Revista que genera adicción.

comScore
Blog WebMastered by All in One Webmaster.