Lo mejor de ser niño es la posibilidad de hacer casi cualquier cosa sin tener que pedir disculpas. Cualquier equivocación, impertinencia o travesura se juzga inocente con unos ojitos de «yo no fui» o una sonrisa beatífica, de la que la mayoría de los niños gozan como facultad congénita. Y es que en la infancia todo se ve tan fácil…
De muy niño, Santiago le dijo a su papá:
—Llegué a la conclusión de que Dios no existe.
Su papá, consternado, le preguntó por qué y Santiago le respondió:
—Primero me saliste con el cuento de Santa Claus, y resultó que eras tú; luego, lo mismo pasó con los Santos Reyes; igual con el Ratón de los Dientes y con el Conejo de Pascua… A mí se me hace que eso de Dios, es la misma cosa.
Más anécdotas como ésta, sólo en Algarabía 71.




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