El mes de septiembre es el pretexto magnífico para que estas páginas luzcan un poco del esplendor de uno de los pinceles más talentosos —y, extrañamente, casi olvidados— de la pintura mexicana: el hidrocálido Saturnino Herrán, en cuya obra se encuentra el germen temático del muralismo revolucionario que surgiría a principios de los años veinte.
Aunque Saturnino Herrán (1887-1918)
nació en Aguascalientes en un hogar
acomodado y culto, en realidad vivió y trabajó
en condiciones muy precarias a partir de 1903,
cuando murió su padre.
Desde niño mostró disposición para el dibujo, por
lo que desde los 10 años de edad estudió con José
Inés Tovilla y Severo Amador, artistas formados en
la Academia de San Carlos de la ciudad de México.
Meses después de la muerte de su padre, Saturnino y
su madre se trasladaron a la ciudad de México para que
él siguiera sus estudios en la Academia de San Carlos,
recién bautizada como Escuela Nacional de Bellas Artes
—enba—. En ella tomó clases con el grabador Julio
Ruelas y, en 1904, se inscribió como alumno regular
de la enba; tras una evaluación de sus trabajos, fue
asignado a las clases de dibujo de Antonio Fabrés, pintor
catalán que había llegado a México por mediación de
Justo Sierra para sustituir a José Salomé Piña.
Joven prodigio
Herrán fue el alumno favorito de Antonio Fabrés y llegó
a ser profesor de dibujo de imitación y de claroscuro
en la enba. A los 21 años empezó a recibir menciones
honoríficas en dibujo, en historia del arte, premios en
clases, además de participar en numerosas exposiciones
colectivas. Su primera exposición individual fue
póstuma, en 1919; la muestra reunió la totalidad de
su obra y tuvo un gran éxito del público y la crítica.
Faltaban aún tres años para que José Vasconcelos
comisionara a Montenegro para pintar el que sería el
primer mural de la Escuela Mexicana, y a Diego Rivera
—que estaba en Europa—, para realizar el mural del
anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, el cual
se considera el verdadero arranque del muralismo.1
Debido a que a Herrán se le ve como antecedente
potencial de este movimiento —perteneció al círculo
artístico que propuso hacer pintura mural, apoyado
por Justo Sierra—, se tiende a especular sobre lo que el
hidrocálido habría podido lograr si hubiese aceptado
la pensión que se le ofreció en ese mismo año para
continuar sus estudios en Europa, y que rechazó para no
dejar sola a su madre.
Para no quedarte con sólo las primeras pínceladas, lee el artículo completo en Algarabía 72



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