Y pa’ todo bien también. Los pueblos prehispánicos explotaban el agave en la producción de alimentos, fibras y, desde luego, bebidas. El conocimiento y el uso de la destilación existían en tierras mexicanas aproximadamente desde el año 400 a.C.
Cuenta la leyenda que Mayahuel era una joven hermosa, nieta de una Tzintzimitl.1 Cierta noche, Quetzalcóatl y Mayahuel se encuentran para amarse, convertidos en la forma de un árbol bifurcado; pero cuando la Tzintzimitl despierta y no ve a su nieta, baja a la Tierra a buscarla, y la descubre con Quetzalcóatl, apenas separándose de las ramas. Entonces, despedaza a Mayahuel y abandona sus restos para que sean devorados. Quetzalcóatl los entierra y de ellos brota la planta del maguey o agave… de ella se producen el pulque, el tequila y el mezcal, que es el destilado que nos ocupa en esta ocasión.
De acuerdo con algunos historiadores, el pulque y el mexcalli —de metl, ‘maguey’ e ixcalli ‘cocido’, «pencas de maguey cocidas»— eran bebidas destinadas a rituales sagrados, y su consumo era exclusivo de las clases dominantes; sin embargo, éste se popularizó en el siglo xvi, tras la llegada de los españoles al territorio de la Nueva España. Los conquistadores estaban acostumbrados a bebidas con alto contenido alcohólico y, cuando ocuparon el territorio, descubrieron que los indígenas obtenían, a través de la destilación de algunas especies de agave, una bebida con fuerza y carácter.
Beba sus males con Algarabía 72



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