Cuando el amor llega, nada más importa. Ni nuestras jaculatorias, ni nuestros ruegos, ni siquiera las lecciones de ética del Padre Sanabria, ni el cadáver inmolado del arzobispo de Canterbury —con todo y sus piojos—; ni siquiera encomendarnos a todos los santos, a la virgen del Carmen, a la de Covadonga y la de la Merced.
El amor estalla —entre guiones— y de pronto nos vemos avasallados en su telaraña, indefensos como las termitas oyendo música heavy metal, y convertidos en uno más de esos dementes recluidos en los manicomios.




















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