por Edmundo Bastarrachea
Los domingos y los jueves en el parque principal
ameniza las reuniones la banda municipal,
y como a eso de las siete ya se mira desfilar
las muchachas y muchachos que las vueltas van a dar.
«Vámonos al parque, Céfira», Chava Flores
Al fondo de las 35 toneladas y 74 metros cuadrados que contienen al mural Sueño dominical de una tarde en la Alameda Central, realizado entre 1947 y 1948 por Diego Rivera, se asoma del lado izquierdo el Pabellón Morisco; del otro lado está la banda de música de la policía, montada sobre un templete ortogonal, cobijada por el techo de zinc del kiosco de la plaza. Aquí, una breve exposición de estas estructuras tan familiares en el paisaje de nuestro país.
En español, pocas palabras comienzan con la letra k. Están, por ejemplo: kaki, kermés y kilo, indicando color, fiesta y peso, respectivamente. La palabra kiosco[1] —con k— proviene del francés kiosque, y éste del turco kös¸k, éste del persa košk, y éste, a su vez, del pelvi[2] k¯ ošk, ‘pabellón’, y se refiere a un templete abierto, empleado principalmente para dar cobijo y mayor sonoridad a agrupaciones musicales como coros y orquestas.
En Europa, al kiosco se le llamó también «pabellón» o pavilion —del francés papillon, «mariposa»— por su semejanza a una carpa de campaña de dos festones que recordaba las alas de los lepidópteros. Ya para 1905, en algunos catálogos de mobiliario en hierro se denominaba al kiosco como «stand público de música».[3]
De Medio Oriente a tierras galas
La palabra kiosco llegó a México acompañada de una gozosa cultura, pero fue aquí donde ese pabellón cobró vida propia. A partir de 1876, los kioscos comenzaron a erigirse en México en el marco del afrancesamiento propio del Porfiriato, por la influencia del estilo arquitectónico de la Belle Époque —que hacía uso del hierro fundido para crear estructuras novedosas—, al igual que del Movimiento Orfeónico.[4]
Muchos de esos podios abocinados tenían la función de caja acústica; tal es el caso del kiosco de la Alameda Central de la Ciudad de México, que terminó de construirse en 1889. Otros templetes techados eran espacios de usos múltiples, como el kiosko morisco, inmortalizado en la obra de Diego Rivera, que es uno de los más conocidos.
Dicho estrado cubierto, al que llamaron «la Alhambra Mexicana», fue diseñado por el ingeniero Ramón Ibarrola para la Exposición Internacional de Nueva Orleans en 1884, y luego, en 1900 fue montado en la Feria de St. Louis Missouri. Más adelante fue trasladado a México e instalado en la Alameda Central, frente al exconvento de Corpus Christi y finalmente, en 1910 fue llevado a la colonia Santa María la Ribera: su espacio en la Alameda Central lo ocuparon los 1620 bloques de mármol del Hemiciclo a Juárez.
Centros de la vida pública
Vale la pena recordar que los kioscos son de origen cortesano. Llegaron a España y Francia en los siglos xvi y xvii por imitación de los jardines orientales, convirtiendo los alcázares en laberintos vegetales sembrados de hojas, limitados con pérgolas y celosías, donde florecían plantas exóticas, medicinales y hortalizas.
Ideas
El general Charis: verdadero héroe desconocido
por Antonio de Jesús Fuentes Ruiz
Juchitán de Zaragoza, una pujante y pequeña ciudad del Istmo de Tehuantepec, en el estado de Oaxaca, es orgullosa custodia de muchas tradiciones y profundos momentos en la historia de México. Su participación durante la Revolución Mexicana fue preponderante, y en ella destaca la entrega de un personaje muy poco conocido, nacido allí en 1896, que llegó a ser general por sus grandes méritos en batalla. Su nombre: Heliodoro Charis Castro.
México, y en especial Juchitán, le deben a Charis —nombre cariñoso con el que se le recuerda en su tierra— un amplio reconocimiento por sus contribuciones a la patria. A pesar de tener en contra tanto su juventud —se levantó contra Victoriano Huerta cuando tenía apenas 17 años— como sus limitantes culturales, sus méritos fueron evidentes durante la Revolución y, más adelante, en el movimiento cristero. No obstante, a Charis se le recuerda aún con gran irreverencia, y ésta se refleja en una enorme cantidad de chistes atribuidos a su simpleza ante las cosas del mundo.
En las reuniones de paisanos es garantía de éxito recordar una y otra vez las numerosas gracejadas atribuidas al héroe. Es muy posible que nuestro buen Charis no sea el protagonista de muchas de ellas, pero su legendaria ingenuidad permite que se le atribuyan todas las barbaridades que quepan en la categoría de chistes, cual si fuera el «Pepito» de los cuentos. Como en toda situación humorística, el secreto radica en cómo se cuentan esas historias, usando incluso el musical zapoteco para darle el tono exacto a la ocurrencia. De allí lo difícil que resulta transcribirlas al papel. Pero por no dejar y para que lo conozcan los lectores, presentamos algunas:
-En una cena de gala, ante una elegante mesa, Charis degustaba un mole haciéndose un lío con los cubiertos. Su asistente, al notarlo, le dijo por lo bajo: «Mi general, ya se ensució». El otro, sorprendido, le contesta: «¡Caray, si nomás me eché un pedito!».
-Las tropas al mando de Charis se reunieron con otros destacamentos en el Altiplano para coordinar las acciones conjuntas. Al iniciar una serie de maniobras, se escucha: «¡Flanco derecho!». Los soldados juchitecos se quedan como estatuas. «¡Flanco izquierdo!» Y nada, siguen sin moverse. Ya desesperados, los ordenanzas acuden al general para preguntarle qué pasa con su tropa. Charis les grita a los suyos, muy quitado de la pena: «¡Lado agarra machete!, ¡lado agarra morral!»… ¡Así sí entendieron!
-Invitado Charis a la capital, probó el queso de puerco. Sorprendido por el sabor de la novedad, turnó un telegrama de inmediato a Juchitán, dirigido a su mujer, donde le ordenaba: «Chinta: suelta las vacas y ordeña las marranas».
[1] En el drae la palabra kiosco se escribe también con q inicial; pero en este texto, kiosco hará referencia al pabellón o caja acústica, para distinguirlo de los quioscos o estanquillos donde se venden diarios, flores o golosinas.
[2] Predecesor del persa moderno.
[3] v. «El arte del hierro fundido» en Artes de México núm. 72, 2004.
[4] Movimiento encabezado por Josep Anselm Clavé (1824-1874), maestro de coro, compositor, poeta y político español, precursor del movimiento coral obrero en España.









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