por MarĂa del Pilar Montes de Oca Sicilia
En la entrega anterior[1] ahondamos un poco en los anglicismos y galicismos que entran al español con grafĂa Ăntegra. En esta ediciĂłn deberĂa estar la segunda parte de aquel texto; sin embargo, entre barbarismos y castellanizaciones, decidimos profundizar en uno de los temas que hacen de una lengua un ser vivo: los prĂ©stamos.
A travĂ©s de los prĂ©stamos, las lenguas crecen y pueden reflejar la cultura de un momento determinado. Un «prĂ©stamo lingĂĽĂstico» se refiere a una palabra o morfema de una lengua que fue tomada o prestada, con poca o ninguna adaptaciĂłn, por otra lengua, ya sea por bilingĂĽismo,[2] por influencia cultural o porque a travĂ©s de esa lengua se introdujo el objeto, el fenĂłmeno o la situaciĂłn a la que refiere. En muchas lenguas —como el español— la influencia cultural está mal vista, al punto de que al prĂ©stamo lingĂĽĂstico se le llama de muchas formas, todas ellas despectivas, como extranjerismo, barbarismo —de bárbaro, el que hablaba mal el latĂn— o colonialismo cultural. Esto se debe a que por mucho tiempo se pensĂł que la lengua castellana debĂa permanecer pura y fija, sin que nada ni nadie la corrompiera; esa tradiciĂłn —que viene desde los orĂgenes de la Real Academia Española, cuyo lema es «limpia, fija y da esplendor»—, dio lugar a una utopĂa: que las lenguas son estables, inamovibles y fijas, y que además no pueden evolucionar o cambiar porque eso significarĂa corromperse y dañarse, e incluso pudrirse.
Nada más alejado de la verdad, porque hoy sabemos que las lenguas son organismos llenos de vida —tanta vida como la que tenga la comunidad que las habla—, y que al serlo, están en constante movimiento, cambio, evolución y duda. Lo único que nunca para es el cambio —a la manera de Heráclito— y en las lenguas esto se cumple al pie de la letra. Las palabras cambian más que las construcciones, no cabe duda, porque son el nivel más superficial de la lengua: primero el léxico o semántico, después el fonético y morfológico y, por último, el sintáctico —la gramática. Pulir y fijar una lengua es —y siempre ha sido— una empresa imposible, porque una vez que afianzamos una palabra o una forma, entra otra que la puede reemplazar; o bien, ya que fijamos una forma nos daremos cuenta de que los hablantes, en el uso, la modifican, cambian o importan una nueva de otra lengua que conocen o con la que tienen contacto.
[1] v. AlgarabĂa 84, septiembre 2011, Para hablar y escribir mejor: «Galicismos y anglicismos i»; pp. 52-55.
[2] Capacidad de una comunidad o individuo para utilizar, indistintamente, dos lenguas.