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Estamos en la era de los síndromes, no hay más. Todo denuedo de la razón, toda desviación de la normalidad y, aún más, toda actitud o comportamiento pueden verse como un síndrome extraño que, en aras de serlo, toma forma y consistencia, y, entonces sí, se expande como yerba mala.
Si Franz Kafka se perdió por las calles de París con una tortuga en la mano, concluimos que sufría del «síndrome de las calles ajenas». Y también podríamos decir que la abuelita del poeta Robert Duncan sufría del «síndrome de lo esotérico». Y, qué decir de Buda, ¿cuál sería su síndrome? Por último —me pregunto yo—, los que dicen gases del oficio, ¿sufren del «síndrome de la frijolidad»?
Y así podríamos seguir sin parar, pero mejor lo invito a leer este número 51, para encontrarse con la indulgencia, con la arquitectura prehispánica, con un cuadro de Jackson Pollock —en nuestra nueva sección EL CUADRO DEL MES— y con las respuestas a cómo se dio el Big Bang. Seguiremos también con el chile y su maridaje, le diremos qué son los golotipos y le hablaremos de las amazonas; también le daremos datos sobre abortos, parteras, centeno y otros menjurjes, mientras que los animales nos harán divagar sobre cuántas especies hay en la Tierra y sobre la historia de los zoológicos.
La idea es que, al terminar de leer este número, usted pueda escoger su síndrome y vaya por la vida con él, cualquiera que sea, con excepción del «síndrome del de favor», porque, querido lector, ése de plano no se vale: por favor, nunca diga de favor.
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