«Andar de calavera»  
 

 

 
   
 

En el piso de arriba viven tres solteros que son una verdadera lata: organizan «reuniones» que terminan hasta las 6 de la mañana. En la junta de condóminos expuse esta situación para poner un alto, pero Fidelio, un señor de 85 años, me dijo: «No es que sean malos, sólo andan de calaveras».

Eso me recordó un artículo de Mariano José de Larra, de 1835, que explica: «El calavera debe tener lo que se llama talento natural por unos; despejo por otros; viveza por los más; es decir [...] debe tener lo que se llama poca aprensión [...] manda en todas sus acciones la publicidad, el vivir ante los otros [...] Un tonto, un timorato del “qué dirán”, no lo será jamás».

Al parecer, este término se acuñó durante la ocupación musulmana en España. Se cuenta que algunos intrépidos pasaban sus veladas en los cementerios, entre calaveras... y de ahí dicho adjetivo, que define todo un tipo psicológico. Calaveras son aquellos hombres audaces por naturaleza, rebeldes, que no sientan cabeza; son generosos, inconscientes y públicos; viven en la voluptuosidad de lo incesante, lo impredecible, lo inconstante, pues buscan en ello la «sal» de la existencia. Hay distintos tipos: el calavera lampiño, el gran calavera, el calavera temerón, el calavera plaga, el seudocalavera, el calavera ilustrado y hasta la mujer calavera. De hecho, hay una película de Luis Buñuel que se titula El gran calavera, interpretada por Fernando Soler en 1949, año en el que seguramente aún se usaba esta expresión.


 
 

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